Monday, July 25, 2016

El momento de la solidaridad

        

           En nuestro país hay niños que se desmayan en las aulas, debilitados por el hambre. Madres que se quitan la comida de la boca para poder alimentar a sus hijos y no tienen idea de cómo harán mañana para conseguir alimentos. Personas trabajadoras y proveedoras de familia para quienes un almuerzo son mangos que tienen la fortuna de recoger en las calles. 
Nos encontramos en un momento de profunda gravedad de la crisis alimentaria. Sus efectos se sienten a lo largo de todo el país, afectando a las grandes mayorías venezolanas. Hay grupos en mayor riesgo. De estos el más sensible y el que amerita toda nuestra atención, es sin duda el de nuestros niños.
Los niños en edad preescolar y escolar necesitan de una alimentación completa y constante para asegurar el desarrollo normal de sus capacidades físicas e intelectuales. Las fallas y deficiencias nutricionales que se produzcan en este estadio tendrán consecuencias negativas directas en su desarrollo posterior.
Estudios como los de la fundación Bengoa, muestran que la desnutrición en niños menores de 5 años en nuestro país ha alcanzado el 10% y para los niños de educación escolar el 30%. En lo inmediato esto significa que los más pequeños podrán sufrir de fatiga, anemia, diabetes y riesgo de enfermedades hipertensivas. A largo plazo podrían presentarse trastornos de crecimiento y desarrollo y de atención y rendimiento escolar, que de continuar esta situación en el tiempo serían irreversibles.
Esta crisis alimentaria pone en peligro la vida y el futuro de toda una generación de venezolanos.
 A mediados del pasado mes de junio, un equipo liderado por Juan Maragall, Secretario de Educación de Miranda, realizó un sondeo en unos 170 planteles del estado, alertados por el altísimo índice de abstención (¡51%!) que se había registrado en las escuelas. Se entrevistaron a casi 3.000 alumnos y maestras. Los datos recogidos sobre el problema alimentario no dejaron duda de la gravedad de la situación. En esa muestra, 1 de cada 3 alumnos estaba comiendo una o dos veces al día. Más del 80% de los alumnos temía quedarse sin comida. L[AC1] a mitad de los niños entrevistados  se había ido a la cama con hambre, por falta de alimentos, al menos una vez a la semana. La investigación subrayaba el papel de los Planes de Alimentación Escolar, y su importancia para las comunidades. 13% de los niños, por ejemplo, no asistían a clase cuando no había comida en la escuela.
En Caracas Mi Convive recogimos testimonios de la gente en este mismo sentido, en nuestro trabajo en las zonas de 23 de Enero, San Agustín, La Pastora y Catia. La mayor preocupación de las personas era la comida y cómo poder alimentar a los más pequeños. Junto con líderes y actores de la comunidad iniciamos la actividad de sancochos comunales para abordar el problema y organizarnos para enfrentarlo, buscando apoyos con otras organizaciones y sectores de la sociedad. Hasta el momento hemos realizado más de 30, con la participación de unas 3.600 personas, entre adultos y niños.
El siguiente paso ha sido articular la iniciativa de los sancochos  con la escuela Fe y Alegría del sector Los Telares de Ruiz Pineda. Esa articulación nace desde nuestra experiencia en el reconocimiento de la importancia de las escuelas en las comunidades, como espacios alrededor de los cuales se producen situaciones de encuentro y apoyo de y para la gente. En estos momentos, como bien señala Maragall, son también la fuente de alimentación a la que muchas familias acuden para poder dar de comer a sus hijos en medio de la crisis.
Con nuestra propuesta en Los Telares, buscamos generar un  equipo de al menos 8 personas de la comunidad, con insumos suficientes para asegurar una comida al día los próximos tres meses para al menos 120 niños en edad escolar, los más vulnerables. Queremos establecer un modelo que pueda reproducirse en otros planteles, siempre con el trabajo de las comunidades, otras organizaciones y ayuda del sector privado.
La gobernación de Miranda también ha decidido mantener abiertas sus escuelas durante el periodo de vacaciones, en un esfuerzo por mantener activos y en funcionamiento los Programas de Alimentación Escolar. Creemos que esta iniciativa debería ser replicada a nivel nacional y recibir todo el apoyo del Estado, sin condicionamientos ni parcialidades sectarias y partidistas.  
Necesitamos acciones que enfrenten la crisis con la articulación de personas e instituciones, donde la comunidad tenga un papel activo en conjunción con los gobiernos locales y el Estado, y que propicien el encuentro entre los venezolanos. No planes elaborados con criterios irreales, administrados para el beneficio de unos pocos y provocadores de conflicto y retaliación. 
Nos encontramos en un momento de profunda gravedad de la crisis alimentaria. Grandes mayorías desesperadas se enfrentan todos los días a la  realidad de pesadilla de no tener que darle de comer a sus hijos.  
Pero nos encontramos también en el momento de la solidaridad.
Tenemos la oportunidad de dar lo mejor de nosotros. Nuestra contribución, cualquiera que sea y a la escala que podamos hacerla, será el primer paso para salir de esta enorme crisis que nos ha tocado.
Podemos empezar aquí y ahora: ayudemos a mantener abiertas las escuelas en vacaciones, apoyémoslas para que puedan continuar alimentado a nuestros niños.
Ellos nos lo están reclamando.


Roberto Patiño
Coordinador de Movimiento Mi convive
Miembro de Primero Justicia


Monday, July 18, 2016

La convivencia auténtica



Hace unos 4 meses realizábamos un cine comunitario en El Polvorín, en la Pastora. Organizado junto con David Guzmán, uno de los líderes de la comunidad, habíamos logrado reunir a varios niños para que pudieran ver una película, mientras conversábamos con algunos de sus padres y representantes sobre los diferentes problemas a los que se enfrentaban.
            Era la noche de un domingo. La película había apenas comenzado cuando una niña se acercó a nosotros. No tendría más de siete años. Como pensé que había llegado tarde a la función, fui a llevarla a que se sentará con los otros niños. Ella me detuvo, no había venido para eso:
            -Señor, ¿me puede dar algo de comer?-fue lo primero que me dijo.
            Lo hizo con la franqueza de los niños y todos nos dimos cuenta de que a lo mejor tenía mucho tiempo (¿Horas? ¿El domingo entero?), sin haber probado bocado. La necesidad y el instinto de supervivencia la habían impulsado a salir sola a la calle a buscar alimento.
            No veníamos preparados para ello. David y yo logramos resolver con miembros de la comunidad y conseguimos unas arepas con sardina, que tuvimos que partir por la mitad para repartirlas con todos los niños. La niña comió y vio parte de la película pero al rato se levantó. Se despidió de nosotros y se fue por donde había llegado.
            En ese momento no lo supe pero era una señal de lo que se pronto se convertiría en una terrible cotidianidad.
            Junto con Leandro Buzón, del 23 de Enero, iniciamos el movimiento Caracas Mi Convive hace tres años, para transformar la violencia en convivencia en los sectores populares.  Trabajamos en La Vega, San Agustín, La Pastora, 23 de Enero, en conjunto con líderes y organizaciones de la comunidad, que en muchos casos tienen años de actividad en sus barrios y cuya labor no nos cansaremos nunca de alabar y promover.
            Gracias a ese trabajo, recogimos, en días siguientes, testimonios  de integrantes de las diferentes comunidades y voluntarios del movimiento. Sumados, a la experiencia que teníamos ya de primera mano, pudimos establecer la fotografía de  la situación: la crisis alimentaria se había convertido en un problema de gigantes dimensiones.
Ya no se trataba de hacer colas larguísimas para conseguir unos pocos productos o del precio, inaccesible,  que estos pudieran tener en el mercado negro. Sencillamente no había alimentos suficientes. La gente estaba comiendo menos y, en algunos casos, no estaba comiendo.
A los talleres llegaban niños pidiendo alimentos. Voluntarios en las comunidades no podían realizar las actividades porque debían pasar el día consiguiendo alimentos, que en la mayoría de los casos no encontraban. Los patrones de nutrición se habían alterado. Las personas se saltaban una y dos comidas diarias, los miembros  adultos de una familia dejaban de comer para poder alimentar a los más pequeños. El grupo más afectado eran los niños. Ya son conocidas las historias de niños vomitando o desmayándose en clases. Esas historias son la realidad.
El episodio con la niña me afectó profundamente. Nuestra organización no tiene los medios suficientes y la crisis alimentaria es un problema de dimensiones colosales, que tiene ramificaciones materiales,  políticas y económicas que no pueden ser solucionadas en lo inmediato y sin un cambio completo en lo estructural.
Pero debíamos hacer algo.
Junto con el equipo Convive planteamos, alineados  con la gente en las zonas donde trabajamos, la idea de sancochos comunitarios. Generar encuentros donde la gente pudiera reunirse y compartir,  apelando a la solidaridad y el apoyo entre familiares, amigos y vecinos. La iniciativa tomó vuelo, y pudimos articular ingredientes y materiales para llevar a cabo los sancochos con personas en otros sectores de la ciudad, así como fortalecer la actividad sumando organizaciones como Brigadas Azules, Manos por la Salud, Escuela de Percusión Pedro Santiago García, Consejos deportivos Neidy Medina y San Miguel la Vega, Club mi Futuro de San Agustín y Grupo Rescate la Vega, entre otras.
            En los últimos dos meses, hemos realizado 21 sancochos comunitarios en sectores populares del Municipio Libertador. Han participado más de 2.500 personas, principalmente niños. Estamos intentando que esta iniciativa funcione en colegios de estas comunidades, como los de Fé y Alegría, que busca mantener los planteles de su red abiertos en vacaciones, para no interrumpir el apoyo que proveen  a las familias de estos sectores. El martes 12 de Julio organizamos junto a ellos un sancocho para 500 niños en la comunidad de Los Telares en Ruiz Pineda.  
Sabemos que no es una solución definitiva. Pero estamos convencidos de que acciones como esta,  con la contribución  de todos, pueden hacer que esta tragedia alimentaria sea más llevadera mientras se produce un cambio en la situación.
Debemos comprender la magnitud de la crisis alimentaria y como nos afecta a todos de una forma u otra. Y saber también que en la medida de nuestras posibilidades podemos hacer algo para enfrentarla y ayudar a otros a hacerlo. No como una limosna sino como reconocimiento de nuestra humanidad.
La palabra “acompañar” encierra en su etimología el “compartir el pan”. Es verdad que ahora tal vez no podemos acabar con el hambre, pero podemos acompañarnos para superarla. Como con esa niña en el Polvorín, podemos juntarnos, así sea por un momento, y compartir el pan.

Roberto Patiño
Coordinador de Movimiento Mi convive

Miembro de Primero Justicia

Monday, July 11, 2016

La agenda de la urgencia

                                     
           Alexander Campos,  miembro del Centro de Investigaciones Populares, nos relataba cómo en su comunidad, en Petare, muchos de sus vecinos se levantan a tempranas horas de la madrugada, entre las tres y cuatro de la mañana. Como a esa hora no hay transportes,  caminan hasta los distintos mercados de la zona, para poder empezar a hacer las colas para comprar  alimentos regulados. Madres con sus bebés, ancianos, jóvenes trabajadores ( no “bachaqueros”), caminando largas distancias en medio del silencio, en calles oscuras y desiertas. La necesidad de llevar comida a la casa y sobrevivir, se impone por sobre el miedo a un encuentro con los malandros.
            Nuestra experiencia trabajando con las comunidades del 23 de enero, La Vega y San Agustín está llena de situaciones de la misma índole. Por ejemplo, ahora, con el fin del ciclo escolar, cientos de madres cuyos hijos son beneficiarios de planes de meriendas y almuerzos de algunos planteles  y que son, en muchos casos, la única comida que tienen los niños en el día, se enfrentan a un período vacacional de tres meses  en el cual literalmente desconocen cómo van a alimentar a sus hijos. En algunos casos los niños van a barrios vecinos a procurarse alimento, exponiéndolos a situaciones de riesgo y elementos criminales que puedan influenciarlos.
Hechos como estos reflejan el impacto de la crisis humanitaria en nuestro país. Esta nueva realidad nos afecta a todos, abre la posibilidad de una ruptura de la convivencia de las proporciones de un conflicto bélico y exige al liderazgo nacional el establecimiento inmediato de una agenda para enfrentar la emergencia en sus frentes más críticos.
El gobierno ha establecido una política que niega el problema, culpabiliza a la víctima, reprime brutalmente cualquier expresión o acto de descontento y pone en funcionamiento iniciativas como los CLAPs, con su carga de  parcialidad, ineficiencia, corrupción y violencia.  La oposición se ha reunido en torno al Referendo Revocatorio, impulsado por Henrique Capriles y apoyado indiscutiblemente por gran parte de la población,  buscando un cambio democrático y concertado a esta situación.
Creemos que la vía del Revocatorio no puede abandonarse y debemos agotar todas las opciones hasta conseguir que se produzca. Pero también debemos ser conscientes de la enorme dimensión de la crisis y su repercusión inmediata en la inmensa mayoría de los venezolanos. No comer y no tener acceso a medicamentos son problemas vitales. Nos afectan todos los días y en todo momento y producen situaciones que en algunos casos son de vida o muerte y no pueden esperar.
Estos tiempos exigen de los factores de poder y sus líderes un esfuerzo superior, donde se conecten las altas acciones políticas  con las exigencias de la emergencia nacional . Hemos llegado al punto en que no sólo debemos reconocer la gravedad de la situación, que en nuestro caso es inédita e histórica, sino generar  herramientas  inmediatas con las que afrontarla.  Sin grandes épicas ni propuestas mágicas sino con la convergencia de todos y trabajando en la medida de nuestras posibilidades.
En nuestro trabajo a través del movimiento Caracas Mi Convive en el 23 de Enero, La Vega y San Agustín , fuimos alertados por los mismos miembros de la comunidad sobre la escala que estaba tomando el problema de la alimentación, desde hace ya varios meses. Fue en coincidencia con líderes y la misma gente de la zona que buscamos maneras de afrontar  el problema y de esa forma se logró organizar un programa de sancochos comunales. La iniciativa no hace desaparecer el problema, pero es un punto de arranque en el que todos juntos abordamos la terrible situación.
Logramos articular con otras organizaciones en Caracas ingredientes e insumos y las comunidades se organizaron para atender a los vecinos más afectados, especialmente a los niños, y generar dinámicas de atención médica y eventos culturales alrededor de la actividad. Hemos podido realizar una veintena de sancochos, concertando esfuerzos y reforzado los lazos de convivencia a casi 2500 personas, sin asumir parcialidades políticas o ideológicas.
Estamos conscientes del reducido alcance de nuestros esfuerzos, pero no subestimamos su importancia. Organizaciones como FE y Alegría, con amplia experiencia de atención social, buscan implementar soluciones del mismo tipo. En su caso buscan mantener abiertos  los colegios durante las vacaciones, para seguir brindado comidas a los niños y convertir a las escuelas en centros de apoyo a la comunidad. Estas iniciativas se están dando en cooperación con la misma gente de los barrios, que trabaja y se organiza para apoyarlas.
Estos son ejemplos de lo que está sucediendo, semillas que se están plantando en medio de la tormenta. Todas estas iniciativas buscan reconocer el problema, trabajar con y desde  la comunidad para enfrentarlo, articulando esfuerzos con otras organizaciones o voluntarios para atender localmente la emergencia y lo inmediato. Es un esfuerzo de día a día, de calle por calle. Tal vez se entregue un solo plato a la vez, pero ese  solo plato hace toda la diferencia para una persona. Y si cientos o miles participamos unidos de este esfuerzo podemos construir una plataforma desde la cual podemos salvar a muchos.
La semana anterior no pudimos asistir a uno de los sancochos que habíamos concertado  en el barrio de Tierra Blanca, en la Pastora. Miembros de un colectivo de la zona amenazaron a los organizadores del evento con armas de fuego. Disparando al aire advirtieron que no iban a permitir que invadiéramos “su” territorio. De cara a los extremistas de una ideología y una parcialidad éramos vistos como enemigos; el sancocho como un acto de guerra.
Pero la gente de Tierra Blanca nos llamó para advertirnos, decidieron protegernos y decidieron, también, seguir la actividad. No sucumbieron ante las amenazas y celebraron la comida para alimentar a su comunidad. Una sola comida que marca toda la diferencia. Una semilla que germina en medio de la tormenta.

Roberto Patiño
Coordinador de Movimiento Mi convive
Miembro de Primero Justicia

Monday, July 4, 2016

Un sentido de la emergencia


Nadie puede ignorar la escala de la crisis en la que nos encontramos. Es, sin duda, la más grave en nuestra historia, y no es una exageración decir que es también una de las mayores que se haya producido en Latinoamérica. Se manifiesta y nos afecta en todas las instancias de la vida nacional.
La semana de validación de las firmas para la activación del referendo revocatorio se produjo entre tensiones, amenazas y francas acciones de represión y provocación. El gobierno, en sus diferentes expresiones de Estado, instituciones y fuerzas policiales y militares, lejos de tender puentes y buscar salidas, generó insistentemente un escenario de agresión, alimentado por el descrédito y el desánimo.
La respuesta de la gente fue todo lo contrario. Con grandes esfuerzos, constancia y solidaridad se llevó a cabo un proceso en el que participaron masivamente  los validantes  convocados y las personas y organizaciones que, en todo el país, buscaron  apoyarlos  y ayudar.
Durante esa semana, también, pareció producirse un breve espacio de distensión en la escalada de saqueos y manifestaciones de descontento popular que, solo unos pocos días antes, había alcanzado un nivel crítico en los terribles sucesos ocurridos en Cumaná.
El mensaje fue claro: los venezolanos preferimos apostar por una salida democrática e incruenta, a pesar de las inmensas dificultades planteadas, que sumarnos a la violencia incentivada que pretende llevarnos cada vez más cerca de una confrontación fratricida.
En otras ocasiones, me he referido a la necesidad de apelar a lo mejor de nosotros mismos para superar las situaciones más terribles. Lo sucedido durante esa semana no ha hecho sino validar la creencia de que esa convicción se encuentra en las grandes mayorías de nuestro país.
Pero es una convicción de convivencia atacada y cuestionada, que a duras penas logra mantenerse a costa de inmensos esfuerzos y grandes sacrificios de esa gran mayoría.
La carga de esta crisis monumental, sin negar sus ramificaciones en los demás sectores, está recayendo mayoritariamente sobre lo social.
Sobre la gente.
En la vida de las personas es donde causa mayores estragos y produce pérdidas irreparables. Es allí donde, en estos momentos, se mantiene la última línea de resistencia.
Lo gran mayoría de los venezolanos se enfrenta todos los días a situaciones terribles de  hambre, enfermedad y violencia: Se come dos veces, o una, al día. No se puede alimentar a los hijos ni a los familiares. Se hacen inmensas colas donde se consigue poco o  nada. El dinero no alcanza, los sueldos insuficientes. No hay medicinas para los tratamientos, graves o menores. Los centros de asistencia no reciben pacientes por carecer de los insumos más básicos para atenderlos. En cualquier momento en la calle podemos quedar atrapados por un tumulto. Policías y militares pueden reprimir y apresar sin ningún control o restricción, así como grupos armados paralegales e irregulares pueden actuar sobre la comunidad impunemente.
No podemos seguir negando la realidad. Estas situaciones ya no son noticias que vemos en los medios.  Nos suceden a nosotros, a familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo o de estudios, conocidos.
Tienen rostros y nombres que ya no nos son extraños.
Deben ser reconocidos.
Por parte del Estado, existe una política vil que apunta constantemente a estimular la conflictividad, culpabilizar al otro y generar enfrentamientos entre los miembros de la comunidad. Los CLAPs, en ese sentido, son una muestra de ello. Ya son innegables sus vínculos con el mercado negro, la inviabilidad y sectarismo de su propuesta y el daño a las relaciones de convivencia que han causado en la mayoría de las comunidades en las que operan.
Por otro lado, la activación del revocatorio y las posibilidades de diálogo que se establezca entre los factores políticos deben producirse sin perder de vista y tener como prioridad la situación de emergencia nacional en la que viven actualmente los venezolanos. Sin su participación y fe en estos procesos y quienes los llevan a cabo, y más allá de las trabas que impondrá el Estado, su éxito estará seriamente comprometido.
En días pasados, estuve en la comunidad de La Vega y conocí a la señora Gladys. Como todos en su edificio hace grandes esfuerzos para conseguir comida y alimentar a su familia.  A pesar de esas carencias, Gladys ha decidido ayudar a su vecina, que está en una situación de extrema pobreza,  y todos los mediodías recibe a los hijos de esta para darles almuerzo. Cuando le pregunto por qué lo hace Gladys me contesta:
-No será por mí que esos niños se van a morir de hambre.
Creo que en su respuesta hay una claridad sobre nuestro momento actual y una actitud al respecto en la que debemos vernos todos.


Roberto Patiño
Coordinador de Movimiento Mi convive
Miembro de Primero Justicia

Monday, June 27, 2016

El reto al que nos enfrentamos

        
   La presión  ejercida por la crisis, sobre todo alimentaria,  estimulada irresponsablemente por los poderes estatales, nos pone a todos los venezolanos  bajo una durísima prueba. Y estamos respondiendo a ello apelando a todas las reservas  de convivencia que aún nos quedan.
A pesar de que mi firma había sido anulada, asistí a las jornadas de validación sucedidas durante la semana pasada. Fui a ayudar y apoyar al inmenso caudal de personas que acudieron a los diferentes puntos de validación de Caracas. Las condiciones impuestas por el CNE buscaron desanimar a la gente y dificultar al máximo su participación. Los validantes respondieron masiva y valientemente con su presencia, poniéndole  cara y nombre a nuestra justa exigencia de reconocimiento democrático.
El CNE instaló un número insuficiente de capta-huellas con el evidente propósito de alargar los procesos  por varias horas. Con esa misma intención se produjeron retrasos e interrupciones por el personal a cargo,  implementando  una franca “operación morrocoy”.  El cierre de varios centros, a las 4 de la tarde, se produjo con centenares de personas que, sin culminar el proceso, debían volver al día siguiente para intentarlo de nuevo. Fueron sintomáticos los sucesos en el estado Carabobo, donde las tácticas dilatorias del representante del CNE en el estado represaron a miles de participantes. En Nueva Esparta el alcalde Richard Fermín protestó ante hechos similares  iniciando una huelga de hambre.
A principios de esa semana, en Portuguesa, dos jóvenes  integrantes del partido Voluntad Popular, Francisco Márquez y Gabriel San Miguel, fueron detenidos de manera absolutamente irregular por  funcionarios del Sebin. Francisco y Gabriel iban a ayudar al traslado de firmantes a los centros de validación de ese estado. Personalmente conozco a Francisco desde bachillerato, y tuve la oportunidad de compartir con él en el movimiento estudiantil para el voto joven durante el 2011. No tengo dudas de su talante moral y su profunda honestidad y no puedo sentir sino repudio y condenar enfáticamente  la forma en la que tanto él como Gabriel,  fueron apresados. Como criminales, fueron detenidos para  luego ser incomunicados y negados de cualquier asistencia legal, en el peor estilo de los procedimientos implementados,  en los años 70, por las dictaduras de un Pinochet o un Videla.
Estos hechos corrieron en paralelo con la crisis alimentaria, que en este mes se ha agudizado, evidenciando ya la magnitud de la situación a la que nos enfrentamos: tenemos un déficit de alimentos que impide satisfacer la demanda actual. Además del factor económico (inflación,  mercado negro), sencillamente no hay la cantidad de alimentos suficientes para satisfacer las necesidades mínimas de la población. Los CLAPs han evidenciado este hecho, y ya son incontables las denuncias  no solo de su parcialización a la hora de repartir la comida, sino también de la  incapacidad material de estos comités  para atender a las familias asignadas.
La propuesta de corredores humanitarios, que en un principio se propuso para la también terrible  situación de los medicamentos, ahora no solo debe verse como un apoyo o paliativo, sino como uno de los componentes principales  de  un plan de emergencia nacional sobre la crisis de la alimentación que debe ser abordado ya por todos los factores de poder del país y que los venezolanos, en su conjunto, estamos demandando.
 Este ataque implacable sobre todos nosotros, que busca generar actos de violencia y a causar desánimo e impotencia, ha activado, en cambio, y debemos reconocerlo con orgullo,  nuestras reservas de solidaridad, fortaleza, astucia, y tenacidad.
En los centros a los que fui vi grupos de jóvenes que se habían organizado para traer a familiares y vecinos. Otros asistían a ancianos, madres con sus bebés,  personas con necesidades especiales. Muchos, que como yo, tenían sus firmas anuladas, se encontraban allí ofreciendo apoyo anímico y material a los validantes, cuya paciencia y compromiso fueron comprobadas con creces. Pude ver a una señora que al ser informada  de que no tendría chance de pasar, dada la extensión de la cola, nos dijo: “No importa, hago las horas de cola que sean necesarias para que después no me vengan a decir que aquí no había nadie”.
En Puerto Ayacucho, las personas  se movilizaron  en curiaras, atravesando el río Orinoco,  a validar sus firmas. En el Junquito, en Luis Hurtado, Pedro Rangel Mora, un señor de 74 años, organizó a 18 personas, alquilando un transporte para acudir al centro de validación. Cuando un corte de luz amenazó con interrumpir definitivamente la operación, el grupo hizo una “vaca” y compraron combustible para activar una planta eléctrica y así poder continuar. 
En esos días conocí un caso sucedido en los hechos de protesta y vandalismo sucedidos en Cumaná.  La gente del sector Rómulo Gallegos se reunió exitosamente para impedir el saqueo de la panadería de su vecindario, logrando que fuera una de las pocas, en la ciudad, en mantenerse abierta y operativa en los días posteriores  a los sucesos. El dueño del local, en un gesto de agradecimiento, regaló porciones de pan a sus vecinos al día siguiente, luego de la intentona de saqueo.
No podemos escapar a la dureza de la crisis que estamos viviendo y de la desesperación, el desánimo y el rencor que infringe sobre nosotros. Pero también en nosotros  hay una necesidad de encuentro y de superación. De ser muchísimo mejores que este terrible momento en el que nos encontramos.
En ese sentido, contra las adversidades, estamos demostrando nuestro verdadero valor.  Mantener esa convicción, rescatarla y demandarla en los demás, es el reto que en estos días los venezolanos, en su gran mayoría, nos hemos esforzado en superar.

PS: Al momento de escribir estas líneas aún se mantienen detenidos e incomunicados Francisco Márquez y Gabriel San Miguel. Desde su injusta detención el domingo 19, han sido “ruleteados” por diversos centros de detención en Portuguesa y Yaracuy, sin contacto con familiares y abogados. El jueves fueron recluidos en la cárcel de San Juan de los Morros, una de las más peligrosas y violentas del país. Hacemos un llamado a las autoridades para que sean liberados, y al cese de este tipo de acciones represivas que sitúan a Venezuela a la par de dictaduras y regímenes totalitarios en el mundo.

Roberto Patiño
Activista social

Coordinador de Movimiento Caracas Mi convive  

Sunday, June 19, 2016

Pequeñas Victorias

          La crisis de convivencia que sufre el país ha alcanzado cuotas desbordadas de violencia. En el momento de escribir estas líneas sus dos expresiones más contundentes tienen que ver con  la crisis alimentaria y el proceso para la activación del  revocatorio.
            Por un lado la figura de los CLAPS ha añadido un nuevo factor de tensión a la ya crítica situación de racionamiento y escasez de estos últimos meses.  A ello se suma a una brutal represión gubernamental, amparada por la nefasta resolución 8610 (que autoriza el “uso de la fuerza potencialmente mortal”), de las expresiones de descontento y protesta popular que se están produciendo en toda Venezuela.
No podemos sino lamentar  las muertes de madres y jóvenes como Elizabeth Ortiz Gómez y Luis Josmel Fuentes, a manos de las fuerzas policiales, en los terribles sucesos que se produjeron en Mérida, Cariaco y Petare en las primeras semanas de junio.
La respuesta del Estado ante la  desesperación por el hambre y la imposibilidad de alimentar a nuestras familias ha sido la violencia.
Esta misma replica es la que se le ha dado a las manifestaciones pacíficas para la activación del referéndum revocatorio. Las marchas convocadas por Henrique Capriles fueron interceptadas por fuerzas del ejército, en episodios de represión donde se emplearon tácticas penalizadas en varios países del mundo, como la aplicación de gas pimienta directamente en el rostro de los manifestantes.
Esta estrategia de violencia e intimidación se mostró en toda su crudeza el 9 de junio cuando el asambleísta Julio Borges  fue impedido a la fuerza,  por efectivos del ejército nacional, de acceder a la sede del CNE, para luego ser golpeado, con cabillas, por un grupo de personas relacionadas a la alcaldía de Libertador, actuando impunemente y sin ser detenidas.
La imposición de un perverso discurso que busca hacer ver a las víctimas como victimarios es la otra arista de esta estrategia. Voceros del gobierno como Diosdado Cabello y Jorge Rodríguez  constantemente culpabilizan y demonizan a individuos y grupos de afectados y víctimas. El mismo presidente Maduro acusó a Borges de ser el generador de los hechos de violencia en los que fue atacado.
Todo esto señala una clara intención del gobierno de utilizar las instituciones y mecanismos del Estado,  no para producir soluciones a la gravísima crisis que atravesamos y establecer vías de entendimiento,  sino para generar violencia,  más conflictividad y desunión entre los venezolanos y desintegrar los pocos lazos de convivencia que aún resisten en nuestro país.
Este momento nos exige templanza, inteligencia  y la necesidad de apelar a lo mejor de nosotros para no sucumbir, e incluso contribuir, a la espiral de violencia que sacude nuestra realidad.
La esperanza en que podamos lograrlo está sustentada en la experiencia que, en estos mismos días, hemos vivido en dos comunidades de Caracas, donde la solidaridad y el encuentro entre nosotros, conjuran a la violencia y la desintegración.
Asistimos a la Marcha por la Vida, en el barrio Kennedy. En este lugar, tristemente conocido por la masacre de los estudiantes en 2005, la comunidad se reunió para manifestarse contundentemente en contra de la violencia y la muerte. También estuvimos en Catuche organizando con el  Movimiento Mi Convive un nuevo sancocho comunal, donde el barrio buscó un momento y un espacio para compartir en grupo y aliviar el drama alimenticio sin preferencias partidistas ni egoísmos. 
En ambos casos la gente se reunió, tendió la mano a la familia y al vecino y respondió al hambre y a la violencia con solidaridad y convicción.
Creemos que en estas muestras de fortaleza y humanidad, en estas pequeñas victorias, están las señales para enfrentar  la desesperación y la intimidación que busca someternos.  
Las jornadas que se inician el día de mañana lunes 20 para  la validación de firmas, serán un nuevo desafío en ese sentido.
Son claros los intentos gubernamentales de interrumpir la activación del revocatorio, y cerrar una clara vía pacífica para la resolución de esta crisis. La parcialidad de los principales rectores del CNE se ha evidenciado en una serie de irregularidades en el proceso y los resultados de la aprobación de las firmas.
Pero no podemos permitir que el gobierno cercene la manifestación a través del voto. Esta es una de las expresiones más profundas de convivencia en nuestro país y ha ayudado, en los momentos más complejos  de nuestra historia democrática, a expresarnos, entendernos y llegar a unos acuerdos mínimos de concertación. El 6D, sin ir más lejos, fue una muestra de esa convicción.
Mañana se inicia otra etapa en un largo y complejo camino. Solo con participar y ayudar a otros a hacerlo, habremos logrado ya una victoria.  

Roberto Patiño
Activista social

Coordinador de Movimiento Mi convive

Monday, November 9, 2015

Carta a María sobre mi regreso a Venezuela

Estas líneas se las escribí a María, una amiga que me preguntó por qué decidí regresar a Venezuela y quise compartirla con ustedes.

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¿Por qué me regresé a Venezuela, en este momento, luego de terminar un postgrado en Harvard, teniendo visa y ofertas de trabajo para quedarme en Estados Unidos?

Como tú, muchos me han hecho esa pregunta. Eso fue lo que me impulsó a escribir estas líneas.

Cuando decidí estudiar el postgrado de políticas públicas, hace dos años, varias personas me lo cuestionaron. ¿Cómo me iba a ir a estudiar luego de más de seis años de activismo social y político? Algunos opinaron que era estúpido: si venía del movimiento estudiantil, de impulsar Voto Joven y de coordinar a todos los jóvenes de la campaña presidencial de Capriles, ¿por qué no aspirar de inmediato a cargos de elección popular?

De igual forma, muchos han cuestionado mi regreso: ¿No te das cuenta de lo difícil que es ser joven, o incluso ser persona, hoy en Venezuela? ¿Por qué no esperar a que todo mejore? Algunos asumen que volví porque soy candidato a algo, pero se equivocan.

Esta decisión resultó de una reflexión sobre quién soy, qué quiero hacer y por qué. Las siguientes tres experiencias me revelaron (y, espero, te revelen) mi respuesta.

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I.

Octubre de 2006. Tenía 17 años y estaba en mis primeras semanas como universitario. Al salir ese día, atendí una llamada con la noticia que nadie nunca quiere recibir: mi hermana acababa de ser víctima de un secuestro exprés. Estaba en una farmacia, y al salir le pusieron una pistola en la cabeza. A mi hermana Patricia le pusieron una pistola en la cabeza. Imaginarme el frío del cañón contra su piel y los gritos de los secuestradores es algo que todavía hoy me estremece. La obligaron a entrar en su carro y empezaron el ruleteo. Era una situación surreal. El camino de la universidad a mi casa parecía eterno.

Poco después recibimos la noticia que habían liberado a Patricia. Cuando llegó de regreso a la casa fue un momento muy emotivo. Los secuestradores habían visto sus instrumentos como estudiante de medicina y habían decidido liberarla ya que, según le dijeron, “cuando nos caen a tiros, ustedes nos salvan la vida en los hospitales”. Se robaron el carro, pero eso era lo de menos. Mi hermana estaba bien—eso era lo único que importaba.

Después de la impotencia que generan estas experiencias, tuve un momento de reflexión. Patricia me dijo que quienes la habían secuestrado eran unos chamos, como de mi edad. Hablaban entre ellos de los secuestros y asesinatos que habían cometido. Eso me impactó. Me pregunté por qué había jóvenes de mi edad, de mi ciudad, que hacían ese tipo de daño. ¿Porqué ellos y no yo? ¿Qué nos diferenciaba?

Yo había tenido una estructura familiar que me había criado con ciertos valores. Es probable que ellos no. Nosotros, como sociedad, les habíamos fallado. No tuvieron la suerte de contar con una familia que los apoyara, y nadie estuvo ahí para salvarlos de esa vida. Y ahora, ellos nos estaban fallando a todos, haciendo lo que hacían. Algo en mí me hacía pensar que había una responsabilidad compartida.

Las circunstancias me obligaron a decidir: convencer a mi familia de que nos desligáramos del país, o comprometerme a trabajar para que eso que nos pasó, algún día no sucediera más.

Yo decidí comprometerme.

II.

Enero de 2013. Todavía me costaba digerir la derrota que habíamos sufrido en la elección presidencial de octubre. En lo personal, significaba mi mayor fracaso. Como coordinador de los jóvenes de la campaña ¿qué pude haber hecho diferente para contribuir más?

Me encontraba con Justo, quien fue el primer líder comunitario con el que había desarrollado una amistad en la Vega. Él sabía que nosotros adversábamos al gobierno; nosotros sabíamos que él lo apoyaba. Sin embargo, trabajábamos juntos por la comunidad, sin mezclar lo social con lo partidista. Esas diferencias tampoco afectaban nuestra amistad.

Hablábamos ese día de organizar un evento deportivo. Noté que estaba desanimado y le pregunte por qué. Me contó lo frustrado que se sentía con su labor comunitaria. ¡Yo me sentía igual con la mía! Me preocupaba que en las visitas a pueblos tan distantes como Isla Ratón, Pariaguán o El Amparo expresiones como “todo eso es mentira”, “ustedes no serán mentirosos ahorita porque son jóvenes, pero si siguen en política lo serán”, eran comunes.

Eso me hizo reflexionar sobre la diferencia entre la identidad de una persona y los roles que puede jugar en la sociedad. Justo es un servidor a los demás. Eso lo define. Esa identidad se puede expresar en distintos roles. Un rol puede ser la organización comunitaria, pero también en la educación o en la política, por ejemplo. Yo comparto esa misma identidad. Somos personas que nos preocupamos por los demás, queremos servir a los demás. Eso le da sentido a nuestras vidas.

Me hizo reflexionar también sobre la integridad. En Venezuela hemos sufrido del llamado “mimetismo batesiano”. Un ejemplo de esto lo encontramos en una culebra jardinera (la real escarlata) que se ve igualita que una culebra venenosa (la coral), pero no tiene veneno. Es decir, la culebra jardinera parece lo que no es. Se disfraza para confundir. Nos ha pasado mucho—hemos tenido gente que parecen ser políticos, empresarios, jueces, policías o militares pero en realidad no lo son. Son corruptos que dañan la imagen de esos roles.

Eso me reafirmó la importancia de ser íntegros. Ser uno al sentir, pensar y actuar.

 III.

Abril de 2015. Estaba en mis últimos días en Harvard y acababa de recibir la feliz noticia que mi tesis sobre prevención del crimen para Caracas había sido escogida como una de las diez mejores de este año. Eso sólo fue posible gracias al apoyo que me dieron investigadores venezolanos de primera línea. Esa semana hubo dos eventos que me marcaron.

El primero fue con Sergio Fajardo, quien lideró un equipo para que Medellín pasara de ser la capital de los homicidios en el mundo en 1993, a la capital de la innovación en 2013. Fajardo nos recordó que Medellín estuvo mucho peor que Caracas. Si ellos pudieron combinando, compromiso e integridad, ¿no vamos a poder nosotros?

El segundo fue haber logrado invitar a Leandro Buzón a Harvard. Juntos fundamos “Caracas Mi Convive” para contribuir a una Caracas de inclusión sin violencia. Escucharlo presentarse diciendo “un chamo del 23 de Enero hablándole a Harvard” mientras explicaba lo que hacemos en Antímano, La Vega y San Agustín me aguó el guarapo. Para eso nos juntamos, eso es lo que queremos: que el sitio donde nazcas no determine tu futuro.

Ya llegaba el momento de tomar una decisión. Poco tiempo antes viví un momento muy triste: mi abuela nos dejó después de 93 años. Llegó sin nada y había hecho de este, su país. Pero la vida te quita y también te da. Poco después recibimos la mejor noticia. Patricia, mi hermana, está embarazada, y mi ahijado, Ricardo Federico, nace a principios de 2016.

En Venezuela están mis vivos, mis muertos, y yo—está mi historia. En Venezuela está la gente con la que me identifico. Mi cultura. Está mi futuro, simbolizado por mi ahijado y los que vendrán. Está el sentido de mi vida, mi posibilidad de trascender. Está mi felicidad. En el postgrado, los otros estudiantes se reían de cómo me presentaba. En el primer saludo, los demás se presentaban con su profesión, “Hola, soy Ana y soy economista”, “Soy José y soy abogado.” Yo siempre me presentaba “Soy Roberto Patiño, de Caracas, Venezuela”.

El amor por este lugar y esta comunidad de gente llamados caraqueños, venezolanos, es también una parte fundamental de mi identidad.

***

En realidad, nunca fue una decisión la que tuve que tomar. No se trataba de dejar Venezuela. No puedo hacerlo. Esto es lo que soy. Quiero contribuir en la construcción de un país inclusivo y justo. Rubén Blades, en una de sus canciones, dice a sus hijos “deseamos para ustedes, lo que nunca hemos tenido.” Yo nunca he tenido un país donde pueda caminar, disfrutar sin miedo, soñar con independizarme como joven. Es mi proyecto de vida que tengamos un país así para mi ahijado, para los hijos que tendré, para todos en esta y futuras generaciones. Pero sólo con deseos no se preña la vaca. Hay que hacerlo.

Entiendo que la salida de jóvenes del país es una preocupación para todos. La separación es durísima. En nuestra cultura, la felicidad se multiplica estando juntos en familia. Además, el recurso humano es lo central para el desarrollo sostenible e inclusivo. Cada salida tiene su historia, eso hay que respetarlo. Más importante que la ubicación geográfica circunstancial es el compromiso que se traduce en acciones. Contribuir es posible desde donde sea. Más aún, la circulación de cerebros comprometidos nos hace bien: se están preparando, viviendo como inmigrantes, donde nadie te regala nada. Sus nuevos aprendizajes y redes serán claves para Venezuela en un mundo cada vez más interconectado y competitivo.

Estar comprometidos con Venezuela es sentirse parte de esta comunidad: nuestro pueblo, nuestra historia, nuestra cultura. Es enorgullecernos y preservar nuestra calidez humana, solidaridad y capacidad para amar. Es avergonzarnos y actuar sobre lo que debemos transformar, como nuestro machismo, desigualdad y deseos de líderes mesiánicos.

Estar y trabajar por el cambio hoy en Venezuela es también un acto de resistencia política. Debemos asumir nuestra responsabilidad generacional. Un amigo me comentaba inquieto “no puede ser que mi papá, que ya está en edad de retiro, sea quien está trabajando ahora para cambiar al país”. No podemos ser la generación que esperó tener la papita pelada.

De aquí venimos, esto es lo que somos. Venezolanos. Este es nuestro proyecto.

Cuando reflexiono sobre la situación actual, veo la tensión que nos define desde hace años: entre lo más urgente, que son las elecciones, y lo más importante, que es la construcción de una alternativa viable e inclusiva. El cambio es indetenible si defendemos el voto y será un primer paso significativo para superar la crisis. Debemos esforzarnos por construir una nueva narrativa desde el reconocimiento mutuo y la convivencia. Hay que polarizarnos distinto: no se trata ya de chavistas contra antichavistas. Se trata de venezolanos íntegros contra corruptos. Conozco venezolanos íntegros que han adversado al gobierno, también venezolanos íntegros que lo apoyaron, juntos podemos salir de este hueco. Para lograrlo aceptemos que aún existe una exclusión injustificable. Aceptemos que una respuesta violenta, de lucha de clases, fracasó. Aceptemos que necesitamos algo distinto.  

Empecemos por movilizarnos por un propósito común: una Caracas de convivencia, sin violencia. Una Caracas de inclusión, de iguales. Una Caracas que no niegue a su juventud asesinándola, secuestrándola o expulsándola. Una Caracas donde las víctimas de la violencia le demos vuelta a esto, convirtiéndonos en los promotores de la convivencia. Mientras haya venezolanos que vean su futuro limitado por la falta de oportunidades o por una bala, hay trabajo que hacer. Seamos una Caracas y una Venezuela de convives.

Gracias por tu pregunta, y espero, en el futuro, enviarte muchas respuestas más.

Roberto Patiño.